Sin que haya podido indagar en mis adentros la razón exacta, el porqué preciso, lo cierto y verdad es que la actual feria de Antequera no me gusta. No es que haya feria ahora y me refiera a esa, no. La última acabó hace una semana, aproximadamente. A lo que aludo es al “formato”, como se dice ahora, al “modelo”, que también se dice, o sea, al tipo de feria que en los últimos años se ha impuesto: cacharros y casetas. Los cacharros para los niños y las casetas, para los jóvenes y mayores. Los cacharritos, ya se sabe. Las denominadas casetas son, esencialmente, establecimientos donde se expenden bebidas alcohólicas (parece que en las destinadas a menores, no) con alguna que otra engañifa sólida, de no muy alto nivel culinario, desde luego muy inferior al de los bares y restaurantes habituales, a cambio de unos precios bastante elevados, en los que van incluidos los decibelios en directo o en disco, bravos decibelios que te impiden hablar/escuchar, si es que lo intentas.
Yo, como no tengo ya chavales a los que pasear en la ola o la serena (así se nombraba antes) o los coches de choque o los aviones…, sólo me queda, en este paradigma ferial, congregarme en torno al alcohol y los pinchitos o similares, arropado por un caudal de música, para mí excesivo como digo. ¿Bailar? Algo, sí. Pero en plan payasada, lo mismo que en las sopocientas bodas/bautizos/comuniones que lleva uno ya en el cuerpo, todas también iguales entre sí.

No me gusta esa clase de feria en que la variedad está ausente, en que ya se sabe que todo será exactamente igual al año pasado y a los anteriores y a todas las celebraciones y fiestas a las que asistes durante el año. Si no bebes y/o no te gusta mucho el mediocre tapeo ferial, enharinado de polvo terrestre, ya lo tienes todo hecho y te puedes ahorrar la bajada al real.
Porque esa es otra. El traslado del recinto a aquel retirado lugar, allá en los confines últimos de la ciudad, en los límites ya de la circunvalación (o sea, en medio del campo), aparte de la lejanía, de tener que coger el coche y de deber ir expresamente, ha sacado la feria del pueblo, y no sólo en el sentido geográfico. El pueblo no está en feria, aunque aquí (más bien por los alrededores) haya una feria. Parece igual, pero es muy diferente.
No me gusta esta feria. Porque ni siquiera me han entusiasmado los nombres de los cantantes o artistas de otra especialidad contratados desde hace un tiempo. Tal vez la señora Vega haya sido la de más postín este año; coincidió que actuaba una noche que bajé al recinto festivo y ¡vaya decepción! Ni siquiera el sonido era bueno.
Si alguno de los que empezaron a leer esta penosa crítica ha llegado hasta aquí, tal vez se esté preguntando: ¿y qué tiene que tener la feria para que le guste a este hombre? Yo respondo: ni idea. No lo sé. Pero eso no me quita el derecho a quejarme, claro. Porque que yo no sepa cómo “diseñar” (se dice también ahora) una feria en condiciones no es nada malo. Lo malo de verdad es que no lo sepan los responsables del municipio.
(Publicado simultáneamente en http://ahitequieroyover.blogspot.com/)
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